miércoles, 11 de julio de 2012

ESTAMOS EN UNA COSTA CON UN SOLO PEZ

La llamada del concejal de medio ambiente me sorprendió, pero según me explicó, la situación era desesperada:

- Antonio, no hay ningún pez ya en la costa, ¡tienes que hacer algo!
- ¿Yo? ¿Por qué yo? Ni siquiera vivo en tu pueblo ni tengo intención de ir nunca allí, me dan miedo los rascacielos al borde del mar
- Por eso mismo, necesitamos a alguien ajeno, para evitar críticas inoportunas, pero que sea a la vez eficaz en su trabajo
- Yo no soy eficaz en mi trabajo
- Aún no has escuchado lo que te voy a proponer
- No, aún no... Cuéntame... Pero antes, ¿de cuánto dinero estamos hablando?
- De mucho... Cincuenta euros

Aquello eran palabras mayores y mi situación económica actual no me dejaba otra salida.

- Acepto.
- Antonio, la fauna marina está agotada, esquilmada. Contamos con tus ideas, con tu ingenio para poder recuperar parte de la misma. No te estoy diciendo que llenes el mar de peces y esas cosas, no, sino que crees las condiciones para que de aquí a unos años todo pueda volver a una relativa normalidad
- Entiendo. Contad conmigo.

Antes de explicarle cómo resolví el problema advierto: no sé cómo aquel tipo consiguió mi número ni por qué confiaban tanto en mí. Días después, buscando en google, vi que existía otro Antonio con mis mismos apellidos que había trabajado con el comandante Cousteau. Sería por eso. También quiero dejar claro que mis conocimientos sobre fauna marina se limitan a los boquerones en vinagre del bar de Rafa. Ahí queda eso.

Dicho esto no le sorprenderá que lo único que pude hacer, lo único que se me ocurrió, fue viajar hasta aquella ciudad del mediterráneo español de cuyo nombre ahora mismo prefiero no acordarme, adentrarme unos cincuenta metros en el mar, bajarme el bañador y empujar... empujar... Según mi visión entonces (y que hoy, señor juez, mantengo ante usted) fue a partir de aquel momento preciso en que estará de acuerdo que podemos convenir que estamos en una costa con un solo pez. Y si no preguntadle al niño que lo encontró y quiso jugar con él, a aquel niño, el de los labios marrones...

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